jueves, 30 de octubre de 2014

Una aldea terrorifica

Erase en una pequeña aldea, de la cual dicho nombre permanece desorientado en algún lugar de mi

apreciada memoria, creo recordar que era famoso por dos razones: la ausencia de color y por los extraños

habitantes que viven en ella.

Los habitantes era unos esqueletos vivientes, que cada año enseñaban a cocinar a los más pequeños

esqueletos las calabazas que traían esa misma tarde los niños más mayores, para ello los niños entre 8 y 10

años iban cada año al campo de las afueras de la aldea y venían cargados para cocinarlas.

Hubo un año en que iban tan ilusionados al campo, que no percibían lo que a veces tenían delante de sus

pies, hasta que un niño esqueleto tropezó con un hueso.

Empezaron a explorar los distintos campos, de vez en cuando se encontraban a un perro esqueleto que les

traía huesos de distintos tamaños.

Juntaron los huesos y se dieron cuenta que era uno de ellos, pero sin embargo, no les resulta nada familiar,

de repente se conectaron los huesos, se elevo y una vez estaba sentado saludo a los niños y estos al ver

esto que era imposible de que fuera creible, soltaron las calabazas y volvieron corriendo asustados a la

aldea, contaron su terrorífica experiencia y dicha aldea eliminó la única pieza de color que tenían cada año

en sus tristes y apagadas vidas.

Esta anécdota sería la única pizca de color, que pasarían por las distintas generaciones, recordando por

siempre las caras de los niños asustados. 




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